SCI-FI HRIM
Una aproximación a la aleatoria diversidad de la Creación.
sábado, 21 de noviembre de 2015
Los sonidos del universo registrados por la NASA
http://www.dailymotion.com/video/x39m0z1_les-sons-de-l-univers-qui-ont-ete-enregistres-par-la-nasa_news
VICTORIA
Era un fantástico día primaveral. El sol lucía radiante, en lo alto, el aire fresco y aromático que entraba por la ventana parecía provenir directamente de las nevadas cimas pirenaicas y, yo, lo único que quería era cerrar los ojos y llenar mis pulmones agradecidos con ese maravilloso aire cargado de ozono. Así lo hice. Entonces, sin querer, visualicé Collserola; o, mejor dicho, los árboles del Parc de Collserola conmigo debajo. Resultaba perentorio alejarme de las paredes: se estaban acercando demasiado hacia mí.
Salté a la calle. Bueno, viviendo en un cuarto piso, ya me hubiera gustado, pero la tecnología recreativa individual (IRT para los más freakis) no está a la altura. Todavía. De momento, como siempre, se la reservan los militares para sus operaciones encubiertas, aunque sospecho que lo más avanzado e, incluso, desconocido, está en manos de las muy elitistas Fuerzas Estelares. Porque no conozco a nadie que conozca a alguien que se haya enrolado en las FE y, eso, hay que reconocerlo, es más bien rarito, sobre todo teniendo en cuenta que los noticiarios los suelen mencionar y, bueno, de alguna manera hay que aceptar que existen. ¿O no?
Tengo la suerte de tener el metro a dos minutos a pie de mi casa, así que llegué enseguida a la parada de Llucmajor tras un breve paseo a la sombra de álamos y acacias de hojas trémulas. Recuerdo que, hace unos años, tras la Short War que arrasó parte del litoral catalán, los políticos que tutelaban el destino de la ciudad, nombrados por la Junta Militar, decidieron cambiar el nombre de la estación por Lucio el Mayor, en memoria de un brigada cuya audacia y valor destacaron en aquel conflicto. Meses después, cuando la euforia pasó y el estamento político recuperó cierta cordura, el nombre original volvió a aparecer en los rótulos de la línea cuatro. ¡Cosas veredes, que decían!
Con mi piel ávida de brisa y luz dorada, bajé corriendo las escaleras de acceso al metro, pero tuve que ralentizar el ritmo para franquear la holopuerta: estos modernos cacharros aún son incapaces de leer el chip subcutáneo a una velocidad razonable, así que hay que cruzar los arcos metálicos con lentitud. Paciencia. Creo que llegará el día en el que podremos circular bajo ellos hasta con los nitropatines sin que empiecen a chillar como ocas enfurecidas; pero, de momento, paciencia.
Una vez en el concurrido andén, dirigí mi mirada hacia una de las pantallas de información: L4.1, L4.2, L4.3. Me interesaba la 2, puesto que cruza la ciudad en línea recta hasta Sarrià, donde podría conectarme con los Ferrocarrils de la Generalitat. Esperé un par de minutos. Las puertas del último vagón se abrieron con un leve siseo de descomprensión. Entré sonriendo. Sabía qué iba a encontrarme –aunque no quién-, y disfrutaba del momento con antelación. Un pequeño rito cotidiano, económico y pleno de significado. Las puertas volvieron a cerrarse suavemente y, sin aquellos traqueteos que me obligaban antaño a compensar físicamente las oscilaciones del convoy con el bailoteo inestable de mi cuerpo para no acabar cayéndome, arrancó. Miré mi portátil de pulsera: sólo hacía siete minutos que había decidido esa excursión. Great!
Apoyé la espalda contra la metálica pared a fin de observar con detenimiento la multitud que abarrotaba el vagón. Excepto un par de hombres de mediana edad, mirada hosca y semblante grave, los pasajeros parecían relajados. En la estancia móbil flotaba una atmósfera distendida y cordial, como si todo el mundo se conociera y aquello fuera un pequeño pueblecillo flotante que se deslizaba, de vacaciones, a través del tiempo. Y el tiempo transcurría apaciblemente.
Tras ese primer análisis, logré reconocer al hombre-libro y a la mujer-nombre. Ella estaba más cerca. Me puse a su altura. Sus ojos me llamaron la atención. Parecían recubiertos por una pátina de cristal de lo relucientes y transparentes que eran; bajo esa membrana relampagueaban, con un verdor especial, los iris. Con cierto esfuerzo, me despegué de su campo magnético ocular para tener una visión de conjunto de ella. Siempre es mejor tener perspectiva, me han dicho muchas veces. Para mi sorpresa, la mujer-nombre me sonreía.
+ Hola –dijo simplemente.
+ Hola –titubeé un poco antes de tenderle la mano derecha.
+ No tengas miedo –recogió el billete de 12 eurobonos que tenía entre los dedos para ella. Había aceptado la transacción-. Ahora, quiero que te apoyes contra esta puerta y te quedes quieto con los ojos cerrados.
+ Pero... –balbuceé-, se abrirá en la siguiente estación.
+ No –contestó con firmeza-, no se abrirá.
+ Bien –no acababa de creérmelo, pero ¿qué iba a hacer? Ya había pagado. Además, me sentía a salvo en sus manos, no sabría decir el motivo.
Me coloqué en la posición que me sugería, me agarré al pasamanos vertical –por si acaso-, cerré los ojos y, de inmediato, noté que la palma de su mano me agarraba la nuca. Una tenue corriente eléctrica me recorrió el espinazo de arriba hacia abajo.
+ Ya puedes abrir los ojos –me ordenó.
Los abrí. ¡Joder! Ya estábamos en Can Xirot.
+ Me he vuelto a dormir, ¿eh? –le dije, intentando hacer ver que ya estaba acostumbrado a ese tipo de situaciones.
+ No. Te has traspuesto, eso es todo. Era necesario.
+ ¿Y? –le pregunté con cierta ansiedad que reconocí en la voz.
+ Hoy te llamas Victoria.
+ ¿Cómo que...? –empecé a protestar-. Soy un hombre.
+ ¿Ah sí? Perdona, no me había dado cuenta –hasta que no esbozó una ligera sonrisa no supe que había sido una broma-, pero hoy sigues llamándote Victoria.
Bajé la vista hacia mis zapatillas deportivas.
+ Cuando vayas a ver al hombre-libro, ¿verdad?, sabrás.
Asentí con la cabeza sin entender nada y me quedé mirándola fijamente. Estoy seguro de que había detectado mi confusión, pero se apartó de todas maneras. Seguía sonriéndome. Me fui hacia el extremo del vagón, arremangándome para no perder tiempo. Ya no quedaba mucho para Sarrià, dos o tres paradas a lo sumo. ¿Victoria? –iba pensando mientras me doblaba las mangas, distraído-. ¿Por qué no Victorius, o Víctor? Me planté ante el escuálido hombre-libro junto a sus casi dos metros de altura con el catéter ya enchufado en el brazo. Me saludó quitándose el sombrero de fieltro, serio y barbado en su elegante gabardina gris, y sin mediar palabra abrió su maleta-impresora, extrajo un cable de su interior, acabado en una afilada lengüeta biotech de impulsos, y lo introdujo en mi catéter. Volví a cerrar los ojos mientras se elaboraba el libro. A mi alrededor, conversaciones animadas sobre los hijos, el fútbol, el trabajo y las dolencias del día; como siempre. Las palabras se deslizaban, suaves, sobre los raíles, armonizándose con el ritmo del propio tren, como si entre todos estuviéramos componiendo la letra de una canción a medida que escuchábamos la música inherente al convoy. Un pitido agudo me sacó de mis ensoñaciones. El hombre-libro depositó en mis manos cuatro folios grapados y encuadernados con un fino plástico transparente, bajo el cual pude apreciar –con un vuelco del corazón- su título: Victoria, con letras mayúsculas y en negrita. Bien –susurré con fastidio.
Me quité el catéter. Él guardó el cable. Le tendí un billete de 24 eurobonos y una sonrisa, tal vez forzada, reconozco. El hombre-libro levantó el sombrero otra vez, para despedirse. Me fui.
+ Pròxima parada, Sarrià –escuché por los altavoces.
Just on time. Mientras, los que íbamos a salir nos agolpábamos frente a las puertas. Cuando éstas se abrieron, la multitud que quería bajar entabló una breve batalla con la multitud que deseaba subir, de resultas de la cual me quedé tendido en el pavimento de granito demasiado pulimentado del arcén. Aquel día, me había tocado a mí. Pude apreciar, una vez en el suelo, que era bonito y que estaba limpísimo.
+ ¿Estás bien? –oí, por encima de mí.
Me levanté de un salto.
+ Sí, gracias –le dije a unos profundos ojos azules como el agua capturada en el interior del hielo ártico. Y me caí en ellos.
Al salir del abismo de su mirada, me estremecí.
+ ¡Mi libro! –exclamé, recordando, de pronto.
+ ¿Es este? –me preguntó la chica mientras se agachaba a recogerlo.
+ A ver –se lo quité de las manos para leer el título. Era correcto-. Sí, este es.
+ ¡Anda, Victoria, como yo! –se le formaron unas arrugas preciosas en las comisuras de los labios cuando los frunció, sorprendida.
+ ¡Ah! –dije simplemente, intentando disimular la turbación con un exagerado alzamiento de cejas.
+ ¿De qué va?
Cosa rara en mí al enfrentarme con una chica, me envalentoné. Es que, la coincidencia...
+ No lo sé. Si quieres, lo leemos juntos.
Ella alzó los hombros y yo me olvidé de mi intención primigenia de ir al Parc de Collserola. Salimos al sol para adentrarnos en las callejuelas del barrio: primero, Mare de Déu de Núria y, luego, Mañé i Flaquer; al final, desembocamos en la Plaça de Sant Vicenç de Sarrià donde, tranquilamente, nos sentamos en una terracita y pedimos unas cañas. Le tendí el libro, medio anestesiado, medio emocionado, mi piel hormigueando y bullendo de actividad.
Victoria pasó la primera página. Las primeras frases decían así:
“Era un fantástico día primaveral. El sol lucía radiante, en lo alto...”.
miércoles, 18 de noviembre de 2015
Desde los confines de la Galaxia, en los albores de la Tercera Migración,
os ofrezco la Gran Balada del Thal tal como me ha sido transmitida a través de los relatos que los ree han conseguido hacernos llegar más allá del tiempo y del espacio:
" El Gran Silok es uno de los desiertos que gobiernan las áridas llanuras del planeta Metq, situado en un rincón de la Constelación de la Cuadratura del Infierno. Ni los waasubj ni los intrépidos viajeros de la Errática suelen recalar por allí debido a su falta de interés estratégico y energético. Gracias a ello, la milenaria cultura silokz se ha preservado y, así, los nómadas pueden seguir adentrándose sin peligro en las arenas, encontrando el agua, el fuego, el sustento y las estrellas necesarias para su viaje. El inmenso desierto del Silok mide unos dos mil kilómetros de largo, siendo indefinida e inabastable su anchura. En ambos extremos empiezan las seguras carreteras de adobe que conducen hacia las ciudades, los bosques y los escasos meandros fluviales. En su interior sólo existen dos oasis, guardados infatigablemente por los Portadores. El cuerpo de los Portadores se renueva cada doce años y sus miembros son elegidos de entre los chicos y chicas de las tribus nómadas que ese año han cumplido los diecisiete. Su misión es recorrer el gran desierto para alimentar los innumerables fuegos que trazan el camino para que las caravanas eviten perderse entre las dunas; al mismo tiempo, aprovisionan cada hoguera con decenas de hotsch, alimentos secos y agua, todo ello enterrado en lonas bajo la tórrida superficie. Se denomina hostch a los caloríficos y apestosos haces de thal, muy apreciados a falta de madera y de hidrometano. El thal es un arbusto leñoso que sirve de combustible y que sólo crece en los desiertos; sin él, los nómadas no podrían cruzarlos. El Gran Silok es, pues, una inmensa llanura casi sin vida en la que crece el thal y en la que cada fuego que allí arde no es simplemente, tal como podríamos pensar, un hueco recubierto de piedra de quemar que protege una llama encendida desde el albor de los tiempos. No. Por las noches, la estapa helada se convierte en una tierra trémula llena de lucecitas titilantes, en cosmogónica representación de los lejanos astros del firmamento del que procedían los primeros pobladores. Cuando el sol se va, el desierto representa una danza antigua de estrellas ajenas, esperando el retorno de aquellos que podrían reconocer su trazado desde el espacio. A lomos del baswat, el Portador duerme, come y descansa entre un punto y el siguiente sin importarle nada más que su sagrada misión. El silencio de su hábitat le transforma de tal manera en un ser tan sumido en su interior que, a veces, al soñar, se convierte en el nexo protector de su mundo, en el mediador pacífico y pacificador entre la realidad tangible y la realidad invisible que envuelve a Metq. Estos sueños son tan importantes para la cultura nómada que cualquiera que despierte a un Portador durante ese trance de mediumnidad es inmediatamente desterrado a las ciudades y su nombre borrado del libro de las familias, cuyo registro oral se remonta a la primera generación de recién llegados. Así, cuando un grupo de silokz ve pasar a su lado a un Portador con la cabeza gacha empiezan a persignarse sigilosamente, tendiendo sus brazos primero hacia el cielo, luego hacia el jinete adormecido y luego hacia su propio corazón, para acabar el trazado de ese arco imaginario a sus pies, apuntando hacia el corazón incandescente del planeta. Dicen que, así, le explican a los pequeños y grandes dioses que ellos están unidos con el mundo de arriba y con el mundo de abajo a través del santo Portador dormido; dicen que es un signo de bendición hacia el Portador y hacia ellos mismos, aunque algunos suelen hacerlo sencillamente para asegurarse la protección de la divinidad. De los feroces rituales a los que se someten los Portadores para sostener la visión de lo que es nadie sabe nada. Secreto. Algunas leyendas hablan de nómadas atribulados que, sin saberlo, se ven mezclados en tales rituales y allí mismo son inmolados para que su sangre ignorante riegue poderosamente los arbustos de thal; otras versiones aseguran que esos seres despistados son obligados a ejercer de Portadores, puesto que el azar no existe en el Universo entero, lo que significaría que habiendo acudido voluntariamente a la llamada del thal, nada pueden hacer para rechazar su predestinada misión". Sagrado es el Thal pero más sagrado todavía es el Fuego que nos calienta todas las noches en la estepa helada. Sagrado también el Aire que lo aviva y que nos muestra la fragilidad del mundo y de nuestra existencia, pues: ¿sabe alguien de dónde viene y a dónde va? Y benditos los Portadores, que alimentan la red de hogueras y mantiene fuertemente entrelazada la trama con la urdimbre en nuestra tierra. ¡Loados sean por siempre! Balada del Thal. De las tribus nómadas del Gran Silok.
martes, 10 de noviembre de 2015
Mystifly
No conoces a un gato hasta que le pisas la cola. Refrán popular.
Estaba cansada. Le dolían los músculos del brazo intensamente y los sentía al milímetro como si alguien estuviera resiguiéndolos con un bolígrafo, apretando con una fuerza irregular. Le ocurría lo mismo en los omóplatos, justo alrededor de los huesos; empezó a tanteárselos, pero sólo llegaba con dificultad y doblando demasiado los codos. Lo dejó estar al percatarse de las gotas de sudor que le resbalaban por las sienes. Suspiró. ¿Qué podía hacer? Gateando por la alfombra de moaré gris de su habitación, se acercó a la ventana abierta y respiró el aire fresco de la noche mezclado con el olor a jazmín que llegaba desde el jardín trasero. Era una noche magnífica, pensó, lástima del dolor de cabeza. Apretó la espalda contra la pared de la ventana, se pasó los brazos por las rodillas y entrecerró los ojos. La luz de la lámpara, a la izquierda, junto a la cama, se veía velada por una pantalla opaca de color morado, su color preferido. Decía que le calmaba la ansiedad. No tanto como el mystifly, claro, pero le resultaba relajante entre toma y toma estar expuesta a su amable radiación. Miró su liviano terminal polivalente de muñeca para cerciorarse de cuánto le quedaba. Genial. Media hora. Sonrió; una sonrisa de través que podía confundirse con una mueca, pero nadie la veía. Su padre trabajaba hasta tarde y su madre estaría en alguna ridícula fiesta benéfica o cepillándose a su joven amante de turno en el cuarto de las fregonas de otra de las lujosas mansiones de la urbanización. En cuanto a sus hermanos... mejor no pensar en ellos. Con una mano temblorosa, alcanzó la bolsita transparente que llevaba en el bolsillo de su camisa y examinó con avidez su contenido. ¡Qué preciosidad! –exclamó. Era una mariposa de extraordinaria belleza a pesar de que medía menos de un centímetro. Elegante, estilizada, sus seis alas azul eléctrico desplegadas con todo su esplendor. Algunos idiotas decían que las mystifly procedían de un planeta remoto llamado Ryimfon. ¡Sí, claro! Trucos de la publicidad, sin duda, aunque admitió que era un buen truco, incluso si para ella resultara estúpido vincular la aparición de aquellas increíbles mariposas con las Fuerzas Estelares. Pero gracias a eso se vendían a un precio excesivo. Le parecía bien; total, no era su dinero. Y, teniendo en cuenta los placenteros efectos que le causaba, los increíbles paisajes a los que conseguía llegar sin esfuerzo, la magnífica paz en la que entraba y con la que podía contemplar larguísimos atardeceres delirantes de tres soles rojos en planetas lilas o las majestuosas colinas de acero que se perfilaban por encima de llanuras acuáticas llenas de extrañas criaturas, y sobre todo esa dulce sensación de haber sido absorbida por lo que otros adictos con los que hablaba habían denominado, entre risas, el absoluto... Empezó a salivar intentando imaginarse cuál sería su próximo destino. La bolsita empezó a temblar arriba y abajo y se dió cuenta de que estaba nerviosa ante la inminencia del siguiente viaje. Se obligó a guardar el tesoro de nuevo en el bolsillo y a repetirse que debía resistir. Lavie, su proveedor, le había insistido en que respetara el timing, así que intentó calmarse con unas pocas inhalaciones profundas sin pensar en nada, agradecida por la penumbra y la corriente de aire que sentía en la nuca, agradable, refrescante. De pronto, a través de los párpados entornados, sintió una presencia, pequeña pero ineludible. A su derecha había una mancha estampada en la pared, borrosa; hubiera podido ignorarla, pero creyó ver una de aquellas horribles polillas nocturnas que a veces entraban en su cuarto, atraídas por la luz. La fealdad de las polillas la asustaba, sobre todo desde aquel día en que vio la fotografía de una que llevaba grabada una calavera en el lomo. Mensajeras de la muerte –las llamaba desde entonces. Insoportables. Instintivamente, dió un fuerte manotazo hacia la borrosa silueta con la inconsciente intención de matarla, pero por fortuna sólo resultó afectada la pintura al agua de la pared y la dolorida palma de su mano. Se estremeció al pensar en aquella horrorosa criatura hecha papilla entre sus dedos y viéndose obligada a lavarse la piel con agua, jabón, desinfectante, lejía y quién sabe qué más. Sintió de nuevo el aguijonazo molesto de una presencia diminuta revoloteando a su alrededor. Se giró varias veces, a un lado y a otro, cada vez con mayor intensidad, a mayor velocidad, y todas las veces alcanzando a verla sólo de reojo, una sombra burlona apareciendo y desapareciendo en silencio. Al cabo de unos segundos, empezó a oir un leve zumbido que acompañaba al movimiento invisible de aquel pequeño ser que, poco a poco, mientras el zumbido fue convirtiéndose en un murmullo parecido al de las avispas para devenir un ronco maullido gutural, fue volviéndose cada vez más grande. Ahora, la polilla ya tenía el tamaño de un gorrión. Kedans empezó a lanzar zarpazos al aire para apartarla de su lado, bajando la vista para que no le tocara los ojos, temiendo mirarla, girando como una peonza, pero sin conseguir nada. Se sorprendió a sí misma cuando empezó a oirse gritar con voz aguda, emitiendo sonidos entrecortados y asustados e incapaz de parar de agitar los brazos para rechazar aquel revoloteo infernal que parecía querer picotearle las orejas o la frente. La muchacha, extenuada, no conseguía respirar, no conseguía aclararse la vista, no conseguía quitarse de la cabeza la desagradable sensación de pesadez, sueño, confusión y miedo y, por encima de todo, no conseguía alejar de ella un animal pavoroso que parecía agrandarse por momentos con un tono de voz cada vez más ronco. Sofocada, empezó a pedir auxilio, tartamudeando, girando sobre ella misma, dándose bofetadas en las mejillas, en la coronilla, en los hombros, gritando al mismo tiempo, aterrorizada. Cuando ya no pudo más, vencida por el mareo, se cayó con ímpetu hacia atrás, hacia el cortante filo del marco de aluminio de la ventana. En su cráneo aparecieron al momento tres ranuras de casi un palmo de largas por las que empezó a manar la sangre. Y, a consecuencia del peso de su cuerpo, la cabeza se vió violentamente desplazada de su columna vertebral. Kedans, exangüe, sin vida, fue resbalando con lentitud hasta quedar plegada sobre sí misma, cada una de sus extremidades en un ángulo diferente. Otra muerte por mystifly. Otra alfombra que limpiar.
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