martes, 10 de noviembre de 2015

Mystifly
No conoces a un gato hasta que le pisas la cola. Refrán popular.
Estaba cansada. Le dolían los músculos del brazo intensamente y los sentía al milímetro como si alguien estuviera resiguiéndolos con un bolígrafo, apretando con una fuerza irregular. Le ocurría lo mismo en los omóplatos, justo alrededor de los huesos; empezó a tanteárselos, pero sólo llegaba con dificultad y doblando demasiado los codos. Lo dejó estar al percatarse de las gotas de sudor que le resbalaban por las sienes. Suspiró. ¿Qué podía hacer? Gateando por la alfombra de moaré gris de su habitación, se acercó a la ventana abierta y respiró el aire fresco de la noche mezclado con el olor a jazmín que llegaba desde el jardín trasero. Era una noche magnífica, pensó, lástima del dolor de cabeza. Apretó la espalda contra la pared de la ventana, se pasó los brazos por las rodillas y entrecerró los ojos. La luz de la lámpara, a la izquierda, junto a la cama, se veía velada por una pantalla opaca de color morado, su color preferido. Decía que le calmaba la ansiedad. No tanto como el mystifly, claro, pero le resultaba relajante entre toma y toma estar expuesta a su amable radiación. Miró su liviano terminal polivalente de muñeca para cerciorarse de cuánto le quedaba. Genial. Media hora. Sonrió; una sonrisa de través que podía confundirse con una mueca, pero nadie la veía. Su padre trabajaba hasta tarde y su madre estaría en alguna ridícula fiesta benéfica o cepillándose a su joven amante de turno en el cuarto de las fregonas de otra de las lujosas mansiones de la urbanización. En cuanto a sus hermanos... mejor no pensar en ellos. Con una mano temblorosa, alcanzó la bolsita transparente que llevaba en el bolsillo de su camisa y examinó con avidez su contenido. ¡Qué preciosidad! –exclamó. Era una mariposa de extraordinaria belleza a pesar de que medía menos de un centímetro. Elegante, estilizada, sus seis alas azul eléctrico desplegadas con todo su esplendor. Algunos idiotas decían que las mystifly procedían de un planeta remoto llamado Ryimfon. ¡Sí, claro! Trucos de la publicidad, sin duda, aunque admitió que era un buen truco, incluso si para ella resultara estúpido vincular la aparición de aquellas increíbles mariposas con las Fuerzas Estelares. Pero gracias a eso se vendían a un precio excesivo. Le parecía bien; total, no era su dinero. Y, teniendo en cuenta los placenteros efectos que le causaba, los increíbles paisajes a los que conseguía llegar sin esfuerzo, la magnífica paz en la que entraba y con la que podía contemplar larguísimos atardeceres delirantes de tres soles rojos en planetas lilas o las majestuosas colinas de acero que se perfilaban por encima de llanuras acuáticas llenas de extrañas criaturas, y sobre todo esa dulce sensación de haber sido absorbida por lo que otros adictos con los que hablaba habían denominado, entre risas, el absoluto... Empezó a salivar intentando imaginarse cuál sería su próximo destino. La bolsita empezó a temblar arriba y abajo y se dió cuenta de que estaba nerviosa ante la inminencia del siguiente viaje. Se obligó a guardar el tesoro de nuevo en el bolsillo y a repetirse que debía resistir. Lavie, su proveedor, le había insistido en que respetara el timing, así que intentó calmarse con unas pocas inhalaciones profundas sin pensar en nada, agradecida por la penumbra y la corriente de aire que sentía en la nuca, agradable, refrescante. De pronto, a través de los párpados entornados, sintió una presencia, pequeña pero ineludible. A su derecha había una mancha estampada en la pared, borrosa; hubiera podido ignorarla, pero creyó ver una de aquellas horribles polillas nocturnas que a veces entraban en su cuarto, atraídas por la luz. La fealdad de las polillas la asustaba, sobre todo desde aquel día en que vio la fotografía de una que llevaba grabada una calavera en el lomo. Mensajeras de la muerte –las llamaba desde entonces. Insoportables. Instintivamente, dió un fuerte manotazo hacia la borrosa silueta con la inconsciente intención de matarla, pero por fortuna sólo resultó afectada la pintura al agua de la pared y la dolorida palma de su mano. Se estremeció al pensar en aquella horrorosa criatura hecha papilla entre sus dedos y viéndose obligada a lavarse la piel con agua, jabón, desinfectante, lejía y quién sabe qué más. Sintió de nuevo el aguijonazo molesto de una presencia diminuta revoloteando a su alrededor. Se giró varias veces, a un lado y a otro, cada vez con mayor intensidad, a mayor velocidad, y todas las veces alcanzando a verla sólo de reojo, una sombra burlona apareciendo y desapareciendo en silencio. Al cabo de unos segundos, empezó a oir un leve zumbido que acompañaba al movimiento invisible de aquel pequeño ser que, poco a poco, mientras el zumbido fue convirtiéndose en un murmullo parecido al de las avispas para devenir un ronco maullido gutural, fue volviéndose cada vez más grande. Ahora, la polilla ya tenía el tamaño de un gorrión. Kedans empezó a lanzar zarpazos al aire para apartarla de su lado, bajando la vista para que no le tocara los ojos, temiendo mirarla, girando como una peonza, pero sin conseguir nada. Se sorprendió a sí misma cuando empezó a oirse gritar con voz aguda, emitiendo sonidos entrecortados y asustados e incapaz de parar de agitar los brazos para rechazar aquel revoloteo infernal que parecía querer picotearle las orejas o la frente. La muchacha, extenuada, no conseguía respirar, no conseguía aclararse la vista, no conseguía quitarse de la cabeza la desagradable sensación de pesadez, sueño, confusión y miedo y, por encima de todo, no conseguía alejar de ella un animal pavoroso que parecía agrandarse por momentos con un tono de voz cada vez más ronco. Sofocada, empezó a pedir auxilio, tartamudeando, girando sobre ella misma, dándose bofetadas en las mejillas, en la coronilla, en los hombros, gritando al mismo tiempo, aterrorizada. Cuando ya no pudo más, vencida por el mareo, se cayó con ímpetu hacia atrás, hacia el cortante filo del marco de aluminio de la ventana. En su cráneo aparecieron al momento tres ranuras de casi un palmo de largas por las que empezó a manar la sangre. Y, a consecuencia del peso de su cuerpo, la cabeza se vió violentamente desplazada de su columna vertebral. Kedans, exangüe, sin vida, fue resbalando con lentitud hasta quedar plegada sobre sí misma, cada una de sus extremidades en un ángulo diferente. Otra muerte por mystifly. Otra alfombra que limpiar.

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