sábado, 21 de noviembre de 2015

VICTORIA
Era un fantástico día primaveral. El sol lucía radiante, en lo alto, el aire fresco y aromático que entraba por la ventana parecía provenir directamente de las nevadas cimas pirenaicas y, yo, lo único que quería era cerrar los ojos y llenar mis pulmones agradecidos con ese maravilloso aire cargado de ozono. Así lo hice. Entonces, sin querer, visualicé Collserola; o, mejor dicho, los árboles del Parc de Collserola conmigo debajo. Resultaba perentorio alejarme de las paredes: se estaban acercando demasiado hacia mí. Salté a la calle. Bueno, viviendo en un cuarto piso, ya me hubiera gustado, pero la tecnología recreativa individual (IRT para los más freakis) no está a la altura. Todavía. De momento, como siempre, se la reservan los militares para sus operaciones encubiertas, aunque sospecho que lo más avanzado e, incluso, desconocido, está en manos de las muy elitistas Fuerzas Estelares. Porque no conozco a nadie que conozca a alguien que se haya enrolado en las FE y, eso, hay que reconocerlo, es más bien rarito, sobre todo teniendo en cuenta que los noticiarios los suelen mencionar y, bueno, de alguna manera hay que aceptar que existen. ¿O no? Tengo la suerte de tener el metro a dos minutos a pie de mi casa, así que llegué enseguida a la parada de Llucmajor tras un breve paseo a la sombra de álamos y acacias de hojas trémulas. Recuerdo que, hace unos años, tras la Short War que arrasó parte del litoral catalán, los políticos que tutelaban el destino de la ciudad, nombrados por la Junta Militar, decidieron cambiar el nombre de la estación por Lucio el Mayor, en memoria de un brigada cuya audacia y valor destacaron en aquel conflicto. Meses después, cuando la euforia pasó y el estamento político recuperó cierta cordura, el nombre original volvió a aparecer en los rótulos de la línea cuatro. ¡Cosas veredes, que decían! Con mi piel ávida de brisa y luz dorada, bajé corriendo las escaleras de acceso al metro, pero tuve que ralentizar el ritmo para franquear la holopuerta: estos modernos cacharros aún son incapaces de leer el chip subcutáneo a una velocidad razonable, así que hay que cruzar los arcos metálicos con lentitud. Paciencia. Creo que llegará el día en el que podremos circular bajo ellos hasta con los nitropatines sin que empiecen a chillar como ocas enfurecidas; pero, de momento, paciencia. Una vez en el concurrido andén, dirigí mi mirada hacia una de las pantallas de información: L4.1, L4.2, L4.3. Me interesaba la 2, puesto que cruza la ciudad en línea recta hasta Sarrià, donde podría conectarme con los Ferrocarrils de la Generalitat. Esperé un par de minutos. Las puertas del último vagón se abrieron con un leve siseo de descomprensión. Entré sonriendo. Sabía qué iba a encontrarme –aunque no quién-, y disfrutaba del momento con antelación. Un pequeño rito cotidiano, económico y pleno de significado. Las puertas volvieron a cerrarse suavemente y, sin aquellos traqueteos que me obligaban antaño a compensar físicamente las oscilaciones del convoy con el bailoteo inestable de mi cuerpo para no acabar cayéndome, arrancó. Miré mi portátil de pulsera: sólo hacía siete minutos que había decidido esa excursión. Great! Apoyé la espalda contra la metálica pared a fin de observar con detenimiento la multitud que abarrotaba el vagón. Excepto un par de hombres de mediana edad, mirada hosca y semblante grave, los pasajeros parecían relajados. En la estancia móbil flotaba una atmósfera distendida y cordial, como si todo el mundo se conociera y aquello fuera un pequeño pueblecillo flotante que se deslizaba, de vacaciones, a través del tiempo. Y el tiempo transcurría apaciblemente. Tras ese primer análisis, logré reconocer al hombre-libro y a la mujer-nombre. Ella estaba más cerca. Me puse a su altura. Sus ojos me llamaron la atención. Parecían recubiertos por una pátina de cristal de lo relucientes y transparentes que eran; bajo esa membrana relampagueaban, con un verdor especial, los iris. Con cierto esfuerzo, me despegué de su campo magnético ocular para tener una visión de conjunto de ella. Siempre es mejor tener perspectiva, me han dicho muchas veces. Para mi sorpresa, la mujer-nombre me sonreía. + Hola –dijo simplemente. + Hola –titubeé un poco antes de tenderle la mano derecha. + No tengas miedo –recogió el billete de 12 eurobonos que tenía entre los dedos para ella. Había aceptado la transacción-. Ahora, quiero que te apoyes contra esta puerta y te quedes quieto con los ojos cerrados. + Pero... –balbuceé-, se abrirá en la siguiente estación. + No –contestó con firmeza-, no se abrirá. + Bien –no acababa de creérmelo, pero ¿qué iba a hacer? Ya había pagado. Además, me sentía a salvo en sus manos, no sabría decir el motivo. Me coloqué en la posición que me sugería, me agarré al pasamanos vertical –por si acaso-, cerré los ojos y, de inmediato, noté que la palma de su mano me agarraba la nuca. Una tenue corriente eléctrica me recorrió el espinazo de arriba hacia abajo. + Ya puedes abrir los ojos –me ordenó. Los abrí. ¡Joder! Ya estábamos en Can Xirot. + Me he vuelto a dormir, ¿eh? –le dije, intentando hacer ver que ya estaba acostumbrado a ese tipo de situaciones. + No. Te has traspuesto, eso es todo. Era necesario. + ¿Y? –le pregunté con cierta ansiedad que reconocí en la voz. + Hoy te llamas Victoria. + ¿Cómo que...? –empecé a protestar-. Soy un hombre. + ¿Ah sí? Perdona, no me había dado cuenta –hasta que no esbozó una ligera sonrisa no supe que había sido una broma-, pero hoy sigues llamándote Victoria. Bajé la vista hacia mis zapatillas deportivas. + Cuando vayas a ver al hombre-libro, ¿verdad?, sabrás. Asentí con la cabeza sin entender nada y me quedé mirándola fijamente. Estoy seguro de que había detectado mi confusión, pero se apartó de todas maneras. Seguía sonriéndome. Me fui hacia el extremo del vagón, arremangándome para no perder tiempo. Ya no quedaba mucho para Sarrià, dos o tres paradas a lo sumo. ¿Victoria? –iba pensando mientras me doblaba las mangas, distraído-. ¿Por qué no Victorius, o Víctor? Me planté ante el escuálido hombre-libro junto a sus casi dos metros de altura con el catéter ya enchufado en el brazo. Me saludó quitándose el sombrero de fieltro, serio y barbado en su elegante gabardina gris, y sin mediar palabra abrió su maleta-impresora, extrajo un cable de su interior, acabado en una afilada lengüeta biotech de impulsos, y lo introdujo en mi catéter. Volví a cerrar los ojos mientras se elaboraba el libro. A mi alrededor, conversaciones animadas sobre los hijos, el fútbol, el trabajo y las dolencias del día; como siempre. Las palabras se deslizaban, suaves, sobre los raíles, armonizándose con el ritmo del propio tren, como si entre todos estuviéramos componiendo la letra de una canción a medida que escuchábamos la música inherente al convoy. Un pitido agudo me sacó de mis ensoñaciones. El hombre-libro depositó en mis manos cuatro folios grapados y encuadernados con un fino plástico transparente, bajo el cual pude apreciar –con un vuelco del corazón- su título: Victoria, con letras mayúsculas y en negrita. Bien –susurré con fastidio. Me quité el catéter. Él guardó el cable. Le tendí un billete de 24 eurobonos y una sonrisa, tal vez forzada, reconozco. El hombre-libro levantó el sombrero otra vez, para despedirse. Me fui. + Pròxima parada, Sarrià –escuché por los altavoces. Just on time. Mientras, los que íbamos a salir nos agolpábamos frente a las puertas. Cuando éstas se abrieron, la multitud que quería bajar entabló una breve batalla con la multitud que deseaba subir, de resultas de la cual me quedé tendido en el pavimento de granito demasiado pulimentado del arcén. Aquel día, me había tocado a mí. Pude apreciar, una vez en el suelo, que era bonito y que estaba limpísimo. + ¿Estás bien? –oí, por encima de mí. Me levanté de un salto. + Sí, gracias –le dije a unos profundos ojos azules como el agua capturada en el interior del hielo ártico. Y me caí en ellos. Al salir del abismo de su mirada, me estremecí. + ¡Mi libro! –exclamé, recordando, de pronto. + ¿Es este? –me preguntó la chica mientras se agachaba a recogerlo. + A ver –se lo quité de las manos para leer el título. Era correcto-. Sí, este es. + ¡Anda, Victoria, como yo! –se le formaron unas arrugas preciosas en las comisuras de los labios cuando los frunció, sorprendida. + ¡Ah! –dije simplemente, intentando disimular la turbación con un exagerado alzamiento de cejas. + ¿De qué va? Cosa rara en mí al enfrentarme con una chica, me envalentoné. Es que, la coincidencia... + No lo sé. Si quieres, lo leemos juntos. Ella alzó los hombros y yo me olvidé de mi intención primigenia de ir al Parc de Collserola. Salimos al sol para adentrarnos en las callejuelas del barrio: primero, Mare de Déu de Núria y, luego, Mañé i Flaquer; al final, desembocamos en la Plaça de Sant Vicenç de Sarrià donde, tranquilamente, nos sentamos en una terracita y pedimos unas cañas. Le tendí el libro, medio anestesiado, medio emocionado, mi piel hormigueando y bullendo de actividad. Victoria pasó la primera página. Las primeras frases decían así: “Era un fantástico día primaveral. El sol lucía radiante, en lo alto...”.

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